La secundaria fue una época muy extraña. En realidad recuerdo poco de esos tres años y me siento feliz de que así sea. Creo que no fueron muchos los momentos en los que sentí que estar ahí era disfrutable y en cambio la mayoría de mis memorias regresan a esa sensación de querer huir a mi casa tan solo llegaba al salón de clases. Eso no significa que mi casa haya funcionado como un oasis o un refugio. Simplemente era un lugar neutral, así como esos países de los que nadie sabe de su existencia porque nunca hay problemas pero tampoco son lugares prósperos ni ofrecen aventuras emocionantes para quienes desean explorar el mundo. Simplemente era mi casa y ya.
Tampoco me sobreviven muchos amigos de esos años. De hecho, sólo es una persona a la que aún veo, pero no cuenta como amigo de la secundaria porque a él lo conocí desde los seis años. Román me buscaba en los descansos para hablar de pokemones y quizá de otros temas que ahora no recuerdo. Aunque siempre lo consideré mi amigo, la secundaria fue la época en la que menos convivimos. Creo que nuestra amistad terminó por cuajar cuando cumplimos 16 y ya habíamos dejado esa horrible escuela administrada por hermanos maristas. Así que, aunque ahora la amistad de Román es fundamental en mi vida, honestamente en la secundaria él era uno más.
Además de Román no era cercano a nadie más. Claro que hablé con muchos otros más que eran de la generación, pero amigos nunca fueron. Sólo compañeros con los que coincidía todos los días y ya. Nos pasábamos tareas y trabajos que nadie quería hacer, nos organizábamos para copiar durante los exámenes y cada hora comentábamos lo mismo: qué hueva me da este profe.
Estoy seguro de que pasé desapercibido por esa escuela. Si me encontrara en la calle a alguien de la generación (que en cambio yo sí los recuerdo) ni les pasaría por la cabeza la duda de dónde habrán visto antes mi rostro. Ni las mejores calificaciones, ni materias reprobadas. Siempre neutral. Algunos profesores jamás se aprendieron mi nombre porque nunca hice el comentario brillante en clase, ni les causaba molestias como esos que no dejaban de hacer bromas en todo momento.
A veces me gustaba saltarme las clases para demostrar lo que ya sabía: nadie se daba cuenta si yo no estaba en el salón. O si se daban cuenta ni les importaba. Las primeras veces que lo hice ocupé mi tiempo de la manera más patética posible: me encerraba en el baño y esperaba a que terminara la clase para volver a la siguiente. No era tiempo de provecho, sólo quería romper las reglas y ya. Era como una pequeña medallita que me colgaba y pensaba, una más que no me cachan. Tontos.
En una ocasión en la que me dirigía al baño para esconderme, como era mi costumbre, me encontré con el señor Carlos, uno de los trabajadores de la escuela. Todos le tenían miedo porque existía la leyenda de que ese era el único trabajo que había podido encontrar después de haber asesinado a alguien y salir de la cárcel después de varios años. Otros decían que no era un asesino, que era absurdo pensar que la escuela contrataría a alguien así, pero que sí era verdad que después de salir de trabajar se dedicaba a negocios chuecos en la calle. Yo jamás creí esos cuentos, pero sí que se esforzaba por alejar a las personas con ese rostro lleno de dureza.
Quítate, niño, me dijo, cuando de la manera más torpe me tropecé con la cubeta que ahí tenía y mojé todo el pasillo con agua puerca. Sin miedo a represalias me insultó. Eres un tonto, ahora voy a tener que limpiar otra vez. Chamacos pendejos, susurró después. En vez de sentirme ofendido me sentí culpable de haberle arruinado su trabajo. Levanté la cubeta y le dije de manera tímida, deme el trapeador, yo lo hago. Vete por otro, me respondió. Este es mío. Órale, para que acabemos rápido y ya te regreses a tu salón. Bajé a la bodega en donde arrumbaban escobas, cubetas, tarimas y un montón de otras cosas que aparecían en el patio cada vez que había eventos.
Mientras limpiaba el pasillo pasaron un par de maestros pero no dijeron nada, seguro asumieron que alguien me había castigado y mi tarea era limpiar la escuela junto con el señor Carlos. Cuando apenas empezaba a trapear, el señor Carlos me dijo, bueno, ya, regrésate a tu salón, no me vayan a decir al rato que por mi culpa los niños no toman clases, de por sí ya me quieren correr de aquí. Tuve que confesarle que justamente había salido del salón para volarme toda la clase. Prefiero estar aquí trapeando que haciéndome menso en el salón, está de hueva la escuela, don. Me miró con asombro pero no me corrió, dejó que terminara lo que ya había empezado. Mientras yo trapeaba tuvimos un intercambio muy torpe de palabras que ni siquiera tendrían el derecho a llamarse conversación. ¿Y tiene mucho trabajando aquí?, ¿Qué tal es dando clases el güey de Historia?, siempre me ha dado mala espina, ¿y cuánto le pagan?, ¿de verdad no hay una clase que te guste?
El señor Carlos me agradó. Cambié mi escondite y empecé a ir a la bodega de la escuela para platicar con él en vez de realizar la patética actividad de esconderme yo solo en un baño. Aunque siempre me repetía que si nos cachaban lo iban a echar del trabajo bastaba con hacerle una pregunta sobre lo que me estaba platicando para que se le olvidara su advertencia y siguiera hablando.
No me lo vas a creer, me confesó en una ocasión, pero yo antes daba clases, nomás que un rato me perdí y ya después no encontraba nada. Además, ya me habían corrido de un chingo de escuelas y entre los dueños se avisan y ya luego a uno no lo contratan. Cuando llegué aquí vine a pedir chamba pa’ dar clases y cuando me dijeron que no tenían nada les rogué que aunque de mantenimiento me dieran porque me urgía. Yo creo que les di lástima o no sé qué, pero aquí ando, limpiando baños cagados por niños que no han aprendido a limpiarse la cola.
Creo que yo también le caí bien. Quizá era porque lo escuchaba, pues yo no participaba mucho en las conversaciones. Si acaso me quejaba de algún maestro o de lo absurdo que me parecían las reglas de la escuela, pero la mayor parte del tiempo yo sólo hacía preguntas que lo motivaran a hablar más y más. Pensaba que si el señor Carlos hubiera sido contratado como maestro no me estaría volando clases para ir a la bodega, porque su conversación era mucho más interesante que los tarados que se ofendían si no te ponías de pie cada que entraban al salón.
A veces quien se quejaba era él. Pinches tacaños, lo único que les importa es hacer dinero. ¿De verdad crees que a ellos les interesa que aprendas, niño? Hablaba del sistema y otras cosas que la verdad ya no recuerdo porque en ese momento no entendía mucho. Me recomendaba libros que explicaban por qué el mundo estaba mal y por qué los de arriba siempre iban a estar arriba, o así lo decía el señor Carlos.
También me enteraba de un montón de cosas que yo creo que a esa edad ni sospechábamos. Estoy seguro de que nadie de la generación imaginó, por ejemplo, que el de Educación física y la de Español andaban porque tenían las personalidades más opuestas de la escuela: él era un bromista con todos los alumnos, un pesado que no dudaba en alburearnos o inclusive meternos un golpe de vez en cuando; en cambio ella era la maestra más seria de la secundaria, todos le teníamos miedo porque cualquier desfiguro o intento de indisciplina era sancionado inmediatamente. Fíjate bien, niño, mira cómo se voltean a ver en los pasillos aunque nunca se dirijan la palabra. Aún recuerdo cómo me guiñaba el ojo cada vez que me rebelaba algún secreto de la escuela.
Otros secretos de los que me enteraba tenían que ver con gente que trabajaba en la escuela pero que yo ni conocía. Esos adultos cuyos rostros reconocía todos los días pero como no eran quienes daban las clases no tenía ni idea de lo que hacían y la verdad ni me importaba. Como la contadora, quien era siempre la que recibía los peores insultos del señor Carlos. Esa culera no tiene corazón, se quejaba, por cualquier pendejadita ya nos anda descontando. Claro, como ella nunca ha sabido lo que es subirse al metro, qué va a saber de ganar lo mínimo y todavía que te lo quiten.
Una vez nos cacharon hablando en la bodega. Fue culpa de Román. Lo perdoné rápido porque entendí que no fue su intención. Cuando la maestra de Matemáticas preguntó si nadie había faltado, Román respondió rápida e instintivamente que no. Pero yo no estaba en el salón. Mandaron a buscarme y no tardaron mucho en encontrarme con el señor Carlos. Me suspendieron dos días y me supo a premio. El verdadero castigo vino después.
Cuando volví a la escuela fui más precavido. Por supuesto que no intenté volarme una clase inmediatamente, pero sí quería ver al señor Carlos para decirle que ya había entendido por qué siempre decía que el sistema estaba mal y que las escuelas no educan como debe de ser. Lo fui a buscar en el descanso y mi sorpresa fue que, sin voltearme a ver, me reclamó. Ya me cagaron por tu culpa, niño. ¿A ti qué te hicieron? ¿Les hablaron a tus papis para decirles que te portas mal? A mí me descontaron el día, me hicieron firmar un pinche papel y me advirtieron que a la siguiente me voy. No te vuelvas a aparecer por la bodega.
No le volví a hablar al señor Carlos nunca más. La frustración que vi en su rostro cuando me restregó en la cara el castigo que él había recibido fue suficiente para que me alejara por un par de meses de él. Pensé en pedirle perdón, ni siquiera para seguir buscando refugio de las clases en su bodega, sino únicamente para quitarme ese sentimiento de culpa, pero el miedo y el orgullo me paralizaron más tiempo del que yo creía tener.
Nunca supimos qué fue exactamente lo que pasó. Unos dicen que lo corrieron porque la escuela lo acusó de robarse cosas de la bodega, pero yo no me creo ese cuento, porque en ese lugar no había nada interesante para llevarse. Otros dicen que no fue que lo hayan corrido, sino que él ya estaba harto de ese lugar y de cómo manejaban las cosas. Si así fue, no me sorprende ni un poco. No me sorprende no sólo por todo lo que me contaba el señor Carlos, sino porque años después de terminar la secundaria nos enteramos que la escuela había tenido que pagar un soborno millonario para evitar que la cerraran por violar quién sabe cuántos derechos laborales.
Lo que sí es que todos vimos ese día lo que el señor Carlos hizo como acto de despedida. Era el descanso y había una tarima a medio poner en el patio para algún evento que se haría. Recuerdo que el señor Carlos salió maldiciendo de la bodega mientras lanzaba cualquier material y herramienta que se había encontrado. Regó clavos y tornillos, lanzó pedazos de madera contra las ventanas de los directivos, vació los botes de basura por todo el patio y todos mirábamos atónitos. Nadie hizo nada por detenerlo. Después sacó los botes de pintura que ahí se almacenaban y sin dudar un segundo esparció diferentes colores por las paredes blancas mientras se dirigía hacia los baños. Al entrar escuchamos cómo rompía los lavabos y las tazas y segundos después el agua empezó a correr sin control por los pasillos, mientras él volvía a la bodega a seguir vaciándola hasta que alguien lo detuviera. Nadie lo hizo. Como si quienes estaban a cargo de la escuela supieran que eso merecían, esperaron a que las groserías que escapaban de la boca del señor Carlos se agotaran y que los objetos de la bodega se terminaran por apilar en el patio.
Antes de salir del colegio sin que nadie lo escoltara, tomó un bote de pintura y gritó, ¡púdranse, malditos infelices! Abrió el candado de la reja con las llaves que nunca devolvió y se marchó para siempre.
Las autoridades de la escuela quisieron minimizar los hechos. En ese momento sólo nos pidieron que volviéramos a los salones y no dijeron más. Avisaron únicamente, como si se burlaran de nosotros, que los baños no podían ocuparse. También mandaron un comunicado a nuestros padres asegurándoles que la escuela era un lugar seguro y no sé cuántas cosas más, pero ese escrito no convenció a nadie, pues al siguiente año a muchos nos cambiaron de escuela.
Los baños tardaron mucho en repararse. En su lugar, instalaron unos portátiles, que sólo sirven para acumular la mierda todo el día y ser focos de infección. Ya nadie quería salir de clase para perder unos minutos en el baño. Las paredes llenas de pintura se quedaron también un tiempo así y he de decir que no se veían mal. Eso sí, lo que no tardaron en arreglar fueron las ventanas de los directivos que quedaron rotas después de tremendo espectáculo.Lo que más tardaron en regresar a su estado original fue la última venganza del señor Carlos, quizá porque en comparación con lo que sucedió dentro de la escuela, este último acto fue el menos estruendoso y llamativo y tardaron meses en darse cuenta, pero estoy seguro de que fue el más gratificante para él. En el muro exterior de la escuela, justo donde se lee la leyenda Colegio Marista, el señor Carlos trazó con mucho cuidado una equis entre las letras r e i. Años después entendí por qué siempre terminaba sus quejas sobre su trabajo diciendo pero Marx tenía razón.

Emiliano Pacheco (Ciudad de México, 1995). Estudió la Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la FFyL de la UNAM. Ha publicado textos y fotografías en la revista Página Salmón.
