ANTONIO CILLÓNIZ: UN OBRERO DE LA PLUMA HISPANOAMERICANA | POR HÉLARD FUENTES PASTOR

Antonio tiene un asunto claro: alejarse de todo aquello que signifique oligarca, pese a que abrió los ojos en una cuna dorada, los Cillóniz Eguren, un primero de abril de 1944, en la ciudad de Lima (Consejo Provincial. Sección Nacimientos. Partida No. 3913). Aquella familia de tradición chinchana era dueña de las haciendas de San José y de San Regis en Ica, por lo que durante su infancia, muy pequeño, vacacionó allí, en esos amplios patios y habitaciones actualmente considerados Patrimonio Cultural de la Nación. 

Cuando nació Antonio Miguel —como lo bautizaron— su padre Carlos, que frisaba los 34 años de edad, ya era un conocido industrial limeño, mientras que su madre, Ana de la Guerra, trujillana de 30 años, se había entregado a los cuidados del hogar, en la calle Alcanfores N° 1220 de Miraflores. Tal cual ocurrió con los Cillóniz, su familia materna también ostentaba riqueza y poder. Su abuelo Antonio de la Guerra Hurtado de Mendoza, administrador de la antigua hacienda Laredo, se hizo propietario de Tomobal y San Ildefonso, en el valle de Viru, motivo que lo condujo a visitar Huanchaco, quedándose en una casa que su bisabuelo, de nacionalidad alemana, adquirió al establecerse en Trujillo para dedicarse a la venta de porcelana, vajilla, cristalería y otros artículos derivados. De allí que sus primeras experiencias, las de la infancia, se hayan dado entre Ica y Trujillo. 

Luego, pasó a estudiar en el colegio Inmaculado Corazón, entre la calle Santa Cruz y Angamos de Miraflores, en Lima, pues la familia estaba establecida en la cuadra doce de Alcanfores, próxima a Armendáriz. Más tarde se mudaron a Martín Dulanto, cerca del parque Reducto, “el de la batalla con Chile”. 

—¡Tu niñez y adolescencia tienen muchos lugares!

—Sí. Porque en un momento, ya con 12 años —no recuerdo exactamente— nos mudamos a La Colmena, a la casa de mi abuelo paterno, frente al Crillón [ex hotel]. Ahora funciona la SUNAT. En una esquina que ha tenido muchos nombres: la Salud, Arica…

En Lima, toda una manzana de la avenida Guzmán Blanco pertenecía a su familia y allí se vendían automóviles Cadillac’s. ¿Con el poder adquisitivo peruano cuántos se podrían comprar un auto? —se interroga—. Una persona al año, pues un carro de esos costaba una millonada. Era un lujo. Habría en el Perú, apenas, unos veinte carros. 

—¿De qué manera aquellos recuerdos han impactado en tu quehacer posterior?

—Primero, cómo viene a mí la poesía. Fue en el colegio de la Inmaculada. Y esos recuerdos de mi infancia en las haciendas, ya en mi madurez, se han incorporado a mi obra.

Resulta que los dos primeros años de transición los hizo en Inmaculado Corazón que pertenecía al Santa María, pero su papá, ex alumno jesuita, se encontró con el padre Salvador Tito Otero, por lo que tomó la decisión de que sus hijos estudiaran en la Inmaculada. De este modo, Antonio ingresó con unas monjitas de las Siervas de San José, en la esquina de Petit Thouars. Allí estudió primero y segundo de primaria. Después pasó al local de la Colmena, donde quedaba el histórico colegio de los Hijos de Loyola. 

—En tercero de media, fíjate que han pasado años, por primera vez el padre Valverde, hermano del poeta José María Valverde, español, nos da Literatura, y en el libro de guía veo poemas de Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, recuerdo también al célebre Jorge Manrique y las Coplas por la muerte de su padre. Me cautivó la poesía y pensé leerla por mi cuenta. 

No cabe duda que, Jesús Valverde Pacheco, sacerdote jesuita madrileño fallecido en el año 2017, fue uno de los personajes que vinculó al escritor con la poesía y despertó su afán por adquirir textos relacionados, en una antigua librería de La Colmena. Así compró casi todo el Romancero, el Romance Viejo, los Clásicos como Garcilaso de la Vega, Francisco de Quevedo, entre otros.  

—Desde esa época siempre leí poesía e intenté hacer poemas. 

—¿Tu papá era un lector empedernido?

—Yo, prácticamente, ni tocaba la biblioteca que había en casa, pues era una biblioteca de negocios, de tinte económico, empresarial… Poca poesía, a lo mucho un ejemplar de Luis Fabio Xammar, porque fue compañero de clase de mi papá. 

Aún con el uniforme escolar, Antonio asistió a los recitales de La Católica, en la antigua sede que quedaba en la plaza Francia, donde leían personajes como Juan Gonzalo Rosé, Francisco Bendezú, Washington Delgado, Javier Sologuren, Javier Heraud, a quienes llegó a conocer. También concurrió a La Cabaña, en el Parque de la Reserva, y escuchó Canto coral de Alejandro Romualdo. Era el año de 1958, desde que comenzó a “volcarse” —bien señala— a la poesía. 

—¡Acabé siendo mariateguista! —sentencia el poeta—.  Yo desde niño tuve un sentido social y eso es por una razón: nunca he negado que yo nací en una familia con muchísimo dinero, comodidades, tanto es así que era una familia con mucho personal de servicio. Nosotros en la casa de mis padres teníamos un ama de llaves, la persona que me crió, me dio todo… el desayuno, me vestía, me bañaba; entonces yo la quería como a mi madre, mi segunda madre, yo la veía más a ella que a mi propia mamá biológica. Cuando me llevaba a fiestas de otros niños, la trataban de sirvienta y para mí era mi madre.

Aquella señora se llamaba Julia y con Antonio visitaba a su hermana Lucila, que vivía por el jirón de la Unión, en una azotea que apenas tenía un par de habitaciones. Esa realidad impactó emocionalmente en su vida. Luego, las lecturas —César Vallejo, por ejemplo— terminaron de cuajar su pensamiento sobre el país. 

—¡Así conocí al Perú! —agrega con la emoción contenida en el pecho.   

—Dichas lecturas, ese modo de pensar, ¿te trajo algún problema con tu familia?

—No me trajo ningún problema. Apenas veía a mis padres. ¡Es más!, cuando yo me incliné por la poesía, ellos no sabían que estaba leyendo a poetas. Yo escondía los libros en mi armario, en mi ropero, por lo que no sabían que compraba libros con mis propinas. 

Una vez que tomó la decisión de viajar a Europa a estudiar, recién habló con su mamá sobre su deseo de “ser poeta”. 

—Me dijo barbaridad y media —comenta Antonio con una carcajada—. Que me iba a morir de hambre, que iba a acabar siendo un barrendero, porque ser poeta estaba muy mal visto. Además, los poetas para la oligarquía sólo eran Eguren y Chocano.  

Porfiado, convencido, salió del Perú en 1961 y comenzó a vivir en España, donde estudió Filología Románica en la Universidad Complutense e Historia Moderna y Contemporánea en la Autónoma de Madrid. Hacia 1965, publicó en revistas españolas y luego su primer poemario en 1968 (Diario Gestión, 2019). Este último año, un 9 de septiembre, se celebró en la ciudad madrileña el matrimonio entre Cillóniz de la Guerra y Antonia Merchan y Carbajal (Inscripción de partida No. 24. Consejo Distrital de Miraflores. Lima, 18 de enero de 1974). 

—Entonces, ¡fue difícil ser poeta! 

—No, porque finalmente mi madre accedió. Mi padre no se metió, pues dejaba las riendas del hogar a mi mamá. Entonces, me dieron el billete, pagué el pasaje y me fui primero a Barcelona, y como allí todo era catalán, acabé Filología en Madrid, donde todo era en castellano. No me ha ido mal. No me quejo. 

Allí tuvo profesores de la talla de Rafael Lapesa, Dámaso Alonso, cuyas lecciones dejan constancia que recibió una buena formación. Durante esta etapa universitaria, en 1963 y con 19 años de edad, quiso saber lo que significa el “trabajo físico”. Habló con sus compañeros de España para trabajar juntos en verano —entre los meses de julio y agosto— y solicitó ir a la mina, pero sus amigos lo convencieron de ir a un yacimiento arqueológico. 

—Me tiré dos meses a pico y pala, con el pico iba removiendo la tierra y con la pala llenaba unos esportones, lo cargaba hasta arriba y otro me lo devolvía para volverlo a llenar. Al terminar la experiencia, decidimos ir al parador de Córdoba, una especie de cadena de hoteles, cuando ingresé allí, noté una alfombra que ocupaba todo el vestíbulo, el hall, me paralicé y la rodeé para no pisarla. Al terminar, pensé —como ya tenía cierta teoría leída—. ¡Claro! Yo he asumido mi rol de obrero, de pico y pala, y me he sentido indigno de estar en un sitio tan lujoso porque he aceptado una clase popular y estoy aquí, en un ambiente oligárquico. Eso es lo que pasa con la sumisión de los peruanos, campesinos, obreros y empleados. Fui consciente, en carne propia, de lo que era el Perú. 

—¿Qué otros recuerdos tienes de tu patria?, ¿de ese Perú descarnado?

—Yo recuerdo de niño que, sí había una cola de gente, llegaba el oligarca y pasaba directamente. Ni siquiera el policía se atrevía a decir algo porque le veía la pinta, el traje, el terno, elegante, entonces, lo dejaba pasar. A él, lo trataban bien los mismos funcionarios. También he visto a mi padre coger el teléfono para encarcelar a alguien: encargó a un ebanista un mueble, un escritorio y una especie de estantería. Cogió el teléfono y dijo “oye” —al ministro o diputado oligarca con el que hablaba— “métanlo preso” y lo metían preso porque no hizo el mueble o porque subió el precio de la madera. Luego, decía: “ya sácamelo”, y lo sacaban. Así funcionaba el Perú. Eso se acabó con Velasco. 

—¡Hay muchos detractores de Velasco!

—¡Que Velasco cometió errores! ¡Por supuesto! Pero, creo que la solución no hubiese sido la reforma agraria, la solución pudo ser poner unos impuestos a los empresarios, a los hacendados, para que el Estado sea fuerte, y aquel dar becas, jubilaciones, pensiones, sanidad, etcétera, y salarios altos. Eso lo he visto en mi familia. Una nación se fortalece a través de los impuestos para el Estado. 

Radicando en España recibió la noticia de la muerte de su padre en las peores circunstancias que pudo imaginar. La tarde del 24 de octubre de 1972, Carlos Cillóniz Oberti, a sus 62 años de edad, tomó la decisión de suicidarse en el Hospital del Empleado. Según consta en los registros respectivos, ocurrió a las 18:00 hrs., cogió un arma de fuego de pequeño calibre y se disparó en la cabeza (Partida de Defunción No. 280. Consejo Distrital de Jesús María). 

Antonio leyó a Pancho Izquierdo y por cuestiones del destino, después de su formación en el extranjero volvió al país en un breve periodo de 1973 y 1974, donde llegó a trabajar con él, en el tiempo de Velasco Alvarado, en la editorial del Instituto Nacional de Cultura. Ante la abrumadora y dominante actitud de la directora general Martha Hildebrandt, Pancho renunció y ella encargó la dirección a Cillóniz: 

—A mí también me gritaba de todo. Era una déspota, una tirana, una mal educada. Ella no era velasquista, ella era realmente hildebranista. Ella era ella misma y acabó mal.

Después de su dimisión en el cargo, se le cerraron muchas puertas; sin embargo, se abrieron varias ventanas. Recibió importantes ofertas de trabajo: Prensa Latina en Cuba o el Instituto Lingüístico de Sofía en Bulgaria, pero decidió retornar a España en 1975, donde militó en contra de la dictadura de Franco y enseñó en varios institutos de educación secundaria españoles. 

—En el pasaporte que todavía conservo decía “no autorizado a trabajar en España” en todas sus páginas —cuenta anecdóticamente—. Y me preguntaban: ¿de qué vivía?… Yo me inventaba cuentos chinos para que no me expulsarán. La hacía de “negro”. En literatura el “negro” es el que escribe para otros sin firmar autoría. Conocí a uno que realizaba libros de texto de bachillerato, de formación profesional, entonces a mí me encargaba lo que no sabía o le costaba mucho, los temas de poesía o los de América, las lenguas de América, el castellano americano y todo lo que era de filología.   

Uno de los momentos más difíciles de su vida ocurrió cuando ejercía la cátedra en España y recibió la noticia de la muerte de su madre. 

—La muerte de una madre es muy sensible. Yo me negué a guardar luto, pero cuando daba clase me equivocaba porque estaba con la mente perturbada. La docencia también me permitió sobrevivir. Por un momento olvidaba el dolor… ¡Es curioso! Mi madre muere cuando tenía 48 años, no recuerdo exactamente, y me sentí huérfano; sin embargo, mi padre murió cuando tenía 28 y lo sentí, sentí su muerte, pero de otra manera, quizás hasta más profundo porque él se suicidó. Entonces, el suicidio crea culpabilidad. ¡Es traumático! Sin embargo, el sentimiento de orfandad me lo dio mi madre. 

En la década del 90 retornó al Perú, tiempos en los que conoció a María del Carmen Sotillos Rubio, profesora–traductora, su compañera de vida, y, años más tarde, tradujo su obra al francés y lo homenajeó con el título: Vivir en poesía: semblanza de Antonio Cillóniz (Iadelca ediciones, 2022). Entonces, el autor ya había publicado varios poemarios: Verso vulgar (1968), Después de caminar cierto tiempo hacia el este (1971), Los dominios (1975), por lo que gozaba de cierta fama, más aún como el “Poeta joven del Perú” de 1970 que “tenía más detractores que partidarios”, según sostiene un compendio de poesía española de 1972. A su llegada, una periodista le preguntó: ¿Qué opinión merecía las declaraciones de Mario Vargas Llosa, quien dijo que a Sendero se le derrotaba militarmente? Él contestó que discrepaba “porque en tanto las estructuras socioeconómicas del país no cambien podría surgir otro Sendero”. 

—¡Es claro! —agrega—. Una persona que tiene su casa, su sueldo, puede comer, puede vestir, que puede llevar una vida digna, no se va a meter en aventuras de fusiles, machetes o lo que sea, pero la sociedad es muy bruta, los oligarcas, los militares, los policías, no piensan. Si hay un montón de personas que se lanzan a una guerrilla, deberían reflexionar el por qué la gente se expone a eso. No es que estén locos, es que los han acorralado. Yo tengo un poema sobre los acorralamientos. Si yo acorralo a una vaca, si yo acorralo a una rata, si yo acorralo, me ataca. Entonces, si yo acorralo a un pueblo, el pueblo se levanta. Eso es lo que ha pasado en República Dominicana, en Cuba, en Nicaragua… No triunfó solamente un movimiento guerrillero de Fidel Castro o del Sandino, etcétera, ha sido un pueblo que lo ha respaldado. Una guerrilla no vence a todo un Estado si el pueblo no se levanta. 

De allí, la falsa creencia de que Antonio era “senderista”, quizás por aquella opinión (Dan Lerner. Revista Cosas, 2018).  

—Entonces, ¿cómo es la nación que planteas a través de tu obra?

—A través de mi obra poética, lo que planteo con emoción es una poesía existencial, social, de la clase popular, la que está sufriendo porque, aunque yo he nacido en la oligarquía, he vivido de mi trabajo, he sido un obrero de la pluma, de la enseñanza. 

No hace mucho, escribió un artículo para el segundo número de la revista Willakuy —término quechua que significa “comunicación”— sobre la política actual, desde el cese del ex presidente Pedro Castillo hasta mayo del 2023. En aquellos párrafos mencionó que el país está atravesando momentos problemáticos y que en el Perú siguen existiendo diferencias económicas y sociales.

—En ese artículo, yo hablé de que un 90% está en contra del Congreso, un 80% en contra del Ejecutivo, un 67% quiere unas nuevas elecciones, una Constitución, etcétera. Yo soy de esa mayoría, pero sería más de lo mismo o peor, porque la clase política no existe, lo que existe son unos señores que velan por sus intereses y les da lo mismo aliarse, si le beneficia seguir en el sillón cobrando su sueldón o, simplemente, pidiendo una reelección. Dije: la solución puede ser un estado federal, porque el gran mal del Perú es el centralismo limeño. Estados Unidos es un Estado Federal, Suiza es una Confederación. No tendría por qué asustarse la “derecha”, desde que yo nací, de niño, en la primaria, a mí me enseñaron que el Estado ideal es Estados Unidos, de la cultura occidental, de las libertades, de las riquezas y de tal. Yo vi en México, parecido a nosotros, que apostaron por un Estado Federal y todos los estados han progresado homogéneamente, es decir, no está la riqueza en México Capital y el resto paupérrimo. ¡No! Y la FIL más importante de lengua castellana y la segunda del mundo detrás de Fráncfort está en Guadalajara, Estado de Jalisco. El artículo es más amplio. 

Antonio observa que las regiones peruanas no construyen empresa, no hacen industria, no fabrican cosas, entonces, la gente que quiere prosperar debe mudarse a Lima, que es visto como el paraíso, cuando en realidad no hay trabajo para todos ocasionando informalidad y aquella problemática trae consigo otras taras: la evasión de impuestos, carencia de contratos laborales, lo cual termina debilitando al Estado. 

—Lo peor para el trabajador informal es que no va a tener jubilación, no tiene seguro médico, no tiene vacaciones, no tiene nada, y cuando llegó el confinamiento tenían que salir a la calle, pero en la calle no había nadie. Entonces, los primeros que cayeron muertos fueron ellos, porque no tenían qué comer, sus defensas bajaron, encima no hay una buena sanidad, educación, muchas cosas. Como ves, la idea [de Estadio Federal] ha ido arrastrándose desde el confinamiento, pensé en los informales; de mi visita a la FIL, pensé en esos Estados Federales, en el seno de nuestras culturas. 

El poeta considera que uno de los mejores presidentes demócratas fue el arequipeño José Luis Bustamante y Rivero, pero ninguno ha logrado comprender la concepción de las regiones peruanas; se interroga sobre qué pudo haber conocido cada uno de ellos de la realidad amazónica, por mencionar un ejemplo. 

El autor que propone una suerte de federación marca distancia teórica de la fallida Confederación Perú-Boliviana del siglo XIX, toda vez que su propuesta no radica en la unión del Perú con otro país. En su reflexión personal, considera que aquellos protagonistas —Orbegoso, Gamarra, entre otros— tenían una mentalidad limeña, virreinal, no pensaban como el pueblo.

—Ellos se sentían más españoles y más versallescos que el rey de Francia —comenta—. Lo cierto es que yo no parto de la problemática del siglo XIX, sino de la actual. 

Antonio también considera que las revoluciones las hace el pueblo, pero que no necesariamente se deben hacer con bala o tanques en la calle, sino con ideas. 

—Yo estoy cogiendo un modelo estadounidense, no estoy tomando un modelo soviético… 

—¿¡Obedece a esa diversidad que existe en el país!?

—El Perú es multicultural y plurilingüe —finaliza.

Hélard Fuentes (Perú, 1990). Historiador, escritor, profesor, crítico y promotor cultural. Columnista del diario Correo, El Pueblo y otros medios de prensa escrita en Arequipa, llegando a publicar más de un millar de artículos sociales, culturales e históricos. Fundador de las lecturas poéticas «Cuéntame Poesía» (G.S., 2018). Miembro de la Sociedad Literaria Amantes de País, América Madre y Red de Escritores Arequipa. Jurado de diferentes concursos literarios. Autor de libros de investigación histórica, literaria y biográfica.